—
Primero fue la página editorial. Por destino. El reportero llegó ahí como quien entra a un templo sin saber rezar. Le dieron espacio. Le dieron tiempo. Le dieron libertad. Y eso, en el periodismo, es como darle dinamita a un niño. Escribir editoriales no era opinar. Era pelear. Contra el silencio. Contra el cliché. Contra la costumbre.
Los primeros textos fueron editoriales. Breves. Secos. Sin firma. Luego vinieron los artículos. Más largos. Más densos. Más peligrosos. Después las columnas. Ahí encontró voz. Ahí encontró ritmo. Ahí encontró enemigos. Escribía sobre política como quien disecciona un cadáver. Con bisturí. Con guantes. Con desprecio. El Estado era su paciente. La sociedad, su sala de espera.
Después lo mandaron a Finanzas. A Economía. A números que no sangran, pero duelen. Aprendió a leer balances como quien lee confesiones. Aprendió que el dinero no se imprime. Se esconde. Y que detrás de cada cifra hay un crimen sin cuerpo. Escribió sobre inflación, deuda, pobreza. Pero no desde el Excel. Desde la calle. Desde el mercado. Desde el recibo de luz.
Luego vinieron los reportajes. Ahí dejó de escribir. Empezó a narrar. Crónicas. Ensayos. Historias que no cabían en la agenda. Que no pedían permiso. Que no obedecían pauta. Cubrió entierros sin muertos. Juicios sin justicia. Marchas sin destino. Escribía como quien dispara. Sin mirar. Sin temer. Sin pedir disculpas.
Más tarde llegaron las notas del día. Información general. Lo que ocurre. Lo que pasa. Lo que se repite. Ya después del mediodía, cuando el café se enfría y el editor exige. Nota roja. Investigaciones. Sangre. Corrupción. Desapariciones. Ahí aprendió que el periodismo no es oficio. Es trinchera. Que no se redacta. Se resiste.
Solo escribió una nota de deportes. Un partido de fútbol americano. Qué vergüenza. Fue un desastre. No entendió las reglas. No entendió el juego. No entendió el público. La nota fue un fracaso. Pero aprendió que no todo se cubre. Que no todo se escribe. Que no todo se entiende. La cultura, más o menos. Dos que tres. Exposiciones. Libros. Teatro. Lo justo para no parecer ignorante.
A veces, el orden de los factores sí altera el producto. Porque el reportero que empieza en la editorial no escribe igual que el que empieza en la nota roja. Porque el que opina primero, narra después. Y el que narra primero, nunca opina igual. Porque el que cubre política antes que cultura, ve el arte como estrategia. Y el que cubre cultura antes que política, ve la estrategia como arte.
Hoy escribe desde donde lo dejen. Desde donde lo llamen. Desde donde lo necesiten. Pero nunca olvidó la página editorial. Porque ahí aprendió que el periodismo no se imprime. Se defiende. Que no se redacta. Se sostiene. Que no se firma. Se arriesga.
Y cuando ya no escriba más, cuando la tinta se seque y la voz se apague, quedará esa primera página. La editorial. La que no tenía foto. La que no tenía firma. La que no tenía color. Pero que tenía todo. Porque ahí empezó. Porque ahí entendió. Porque ahí se hizo reportero. Aunque nadie lo supiera. Aunque nadie lo leyera. Aunque nadie lo recordara. Aunque nadie lo corrigiera. Aunque nadie lo celebrara. Aunque nadie lo interrumpiera. Aunque nadie lo perdonara. Aunque nadie lo repitiera. Aunque nadie lo imitara. Aunque nadie lo heredara. Aunque nadie lo entendiera. Aunque nadie lo publicara. Aunque nadie lo salvara. Aunque nadie lo olvidara. Aunque nadie lo callara. Aunque nadie lo negara. Aunque nadie lo borrara. Aunque nadie lo venciera. Aunque nadie lo nombrara.
++++
Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
