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18 junio, 2026
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A propósito de la justicia y el periodismo

 

Ignacio no eligió la abogacía ni el periodismo. Eligió la justicia. Y entendió que podía defenderla desde ambos frentes. Que el expediente y la crónica no se contradicen. Que el Código de Amparo y la libreta de reportero pueden convivir en el mismo escritorio. Que hay días en que se redacta una demanda, y otros en que se escribe una nota. Y que, en México, donde el poder suele atropellar, el juicio de amparo es más que un recurso: es una forma de resistencia.

El juicio de amparo no es una figura decorativa. Es una herramienta quirúrgica. Se usa cuando el Estado se equivoca, cuando el juez abusa, cuando el policía detiene sin orden, cuando el Congreso legisla sin respeto, cuando el burócrata omite, cuando el sistema falla. Es el último muro entre el ciudadano y el abuso. Y en México, ese muro se usa todos los días.

Hay amparo directo, indirecto, contra leyes, contra actos, contra omisiones, contra sentencias, contra detenciones, contra cateos, contra multas, contra despidos, contra negligencias médicas, contra censura, contra despojos, contra omisiones legislativas. El amparo no discrimina. Protege.

Ignacio había visto cómo el amparo salvaba a un indígena detenido sin traductor. A una mujer que fue desalojada sin orden judicial. A un periodista citado por “difamación”. A un niño que no recibía medicamentos. A una comunidad que frenó un megaproyecto. A un migrante que fue deportado sin audiencia. A un campesino que fue acusado de tala ilegal sin pruebas. A una madre que exigía educación para su hija con discapacidad.

Pero también había visto cómo el amparo se usaba para blindar a políticos, a empresarios, a funcionarios, a evasores fiscales, a constructores corruptos, a jueces que no querían ser investigados. El amparo no distingue. Protege. Y eso, en México, es tanto virtud como peligro.

El juicio de amparo exige técnica. No basta con decir “me violaron un derecho”. Hay que demostrarlo. Hay que identificar el acto reclamado, la autoridad responsable, el derecho vulnerado, el interés jurídico, el plazo, la competencia. Hay que redactar conceptos de violación. Hay que pedir suspensión. Hay que saber cuándo se puede, cuándo no, cuándo conviene, cuándo se pierde.

Ignacio sabía que el amparo no es automático. Que hay jueces que lo conceden por rutina, y otros que lo niegan por sistema. Que hay criterios contradictorios. Que la Corte no revisa todo. Que la jurisprudencia no siempre se aplica. Que el sistema está saturado. Que los defensores públicos están rebasados. Que los ciudadanos no saben que pueden ampararse. Que los indígenas no tienen traductores. Que los pobres no tienen abogados. Que los jueces no siempre entienden las costumbres. Que el acceso a la justicia es desigual.

En Oaxaca, el amparo ha sido usado para frenar desalojos, para exigir atención médica, para proteger a periodistas, para defender a comunidades indígenas, para garantizar educación, para evitar detenciones arbitrarias, para exigir agua, para frenar obras sin consulta. En Chiapas, en Guerrero, en Veracruz, en Sonora, en Puebla, en Hidalgo, el amparo ha sido la única defensa frente al poder.

Ignacio escribía crónicas como quien redacta demandas. Con hechos, con pruebas, con contexto. Narraba como abogado, pero con voz de reportero. Sabía que la justicia, si no se cuenta, no existe. Que el periodismo también es un tribunal. Que la opinión pública también dicta sentencias. Que la verdad también se defiende con palabras.

Un día, en la Sierra Norte, conoció a un juez que le dijo: “Yo no leo periódicos. Me distraen.” Ignacio respondió: “Entonces no entiende el país que juzga.” Y se fue. Porque el periodismo no es adorno. Es contexto. Y sin contexto, no hay justicia.

Dicen que Ignacio ya no litiga. Que escribe desde una oficina sin ventanas. Que tiene códigos abiertos sobre el escritorio y notas sin publicar en el cajón. Que no usa toga ni credencial. Pero también dicen que, cada tanto, se le ve en los pasillos del juzgado de distrito, con una carpeta bajo el brazo y una mirada que huele a sentencia.

Y que si alguien le pregunta por qué sigue escribiendo sobre justicia, él responde:

—Porque el juicio de amparo no se entiende desde el escritorio. Se entiende desde la calle. Y yo elegí quedarme ahí.

Y eso, para la justicia y el periodismo, es suficiente.

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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

Fragmento de “Yo, tú, él y sus cuentos”

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