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6 junio, 2026
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Oaxaqueños, los más felices de México: Encuesta

La encuesta nacional sobre felicidad, calidad de vida y bienestar publicada por Arias Consultores en julio de 2025 dejó a más de uno con el café atragantado y otros datos temblando. Oaxaca, ese estado que suele encabezar los rankings de pobreza, marginación y rezago, se colocó en el primer lugar en tres categorías emocionales clave:
• 70.9% en percepción de felicidad
• 64.8% en calidad de vida
• 67.4% en bienestar
No es sarcasmo. Es México. Y más específicamente, es Oaxaca: tierra donde la gente está jodida, pero contenta.
El dato no es menor. Supera a Querétaro (60.6% en bienestar), Chihuahua (60.5%) y Nuevo León (58.8%), entidades con mayor ingreso per cápita, infraestructura y acceso a servicios. ¿Cómo puede ser que Oaxaca, con sus carencias históricas, declare sentirse más feliz que los estados modelo del norte industrializado? La respuesta no está en los presupuestos. Está en la cultura.
Aquí, la felicidad no se compra. Se improvisa. Se hereda. Se defiende.
La encuesta fue levantada entre usuarios de Facebook mayores de 18 años. Es decir, gente con acceso a internet, con tiempo para contestar preguntas sobre su estado emocional, y con suficiente paciencia para no cerrar la aplicación al primer clic. No es representativa en términos clásicos, pero sí revela algo más profundo: una narrativa emocional que no depende del ingreso, ni del acceso a servicios, ni de la infraestructura. Depende de otra cosa. De algo que no se mide en pesos ni en indicadores de desarrollo humano.
En Oaxaca, la felicidad es una forma de estar. Se vive en comunidad, se celebra en fiestas patronales, se cocina en fogones compartidos, se conversa en zapoteco, mixteco o español según convenga. Se sobrevive con humor, con música, con mezcal. Y cuando se pregunta “¿cómo estás?”, la respuesta suele ser “jodidos pero contentos”, “bien, aquí andamos”. Que no significa estar bien. Significa estar. Y eso, en Oaxaca, ya es bastante.
La ironía es que esta felicidad no es producto de políticas públicas exitosas. No es mérito de ningún gobierno. Es resistencia cultural. Es una forma de no dejarse aplastar por la estadística. Es mirar el desastre y decir: “pues ni modo, vamos por un tamal”.
Los antropólogos lo saben. La felicidad en Oaxaca no es individual. Es colectiva. No se mide en logros personales, sino en vínculos. En redes familiares, en compadrazgos, en rituales. La sociología lo confirma: la percepción de bienestar está más ligada a la pertenencia que al consumo. Y en Oaxaca, pertenecer es más importante que tener.
Claro que hay problemas. Muchos. Pero la encuesta no preguntó por ellos. Preguntó por la emoción. Y ahí, Oaxaca gana. Porque aquí la tristeza se canta, se baila, se transforma. No se niega. Se acompaña.
El dato es útil para los tomadores de decisiones. No para presumir logros inexistentes, sino para entender que el bienestar no se decreta. Se construye desde abajo. Desde la comunidad. Desde la cultura. Desde esa banca de cemento donde alguien se sienta cada tarde a ver pasar la vida, sin prisa, sin plan, pero con una sonrisa que no se explica en Excel.
Conclusión: Oaxaca es feliz. No porque todo esté bien. Sino porque, a pesar de todo, la gente sigue diciendo “aquí andamos”. Y eso, en este país, ya es una forma de victoria. Aunque sea silenciosa. Aunque sea incomprensible para los que creen que la felicidad se mide en puntos porcentuales. Aunque sea incómoda para los que no entienden que estar jodido pero contento es, en realidad, una forma de dignidad. Una forma de decir: “no nos han vencido”. Y no lo harán. Porque aquí, la felicidad no se negocia. Se vive. Aunque no alcance. Aunque duela. Aunque no se entienda.

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