En Oaxaca, la pobreza no es una cifra. Es una condena. No se calcula, se respira. No se reduce, se sobrevive. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 51.6 % de los oaxaqueños vive en pobreza multidimensional. Pero esa cifra, aunque precisa, no alcanza a describir la dimensión emocional, histórica y estructural de lo que significa vivir en Oaxaca sin derechos, sin ingresos, sin futuro.
La estadística dice que uno de cada dos habitantes carece de al menos un derecho social —educación, salud, seguridad social, vivienda o alimentación— y además tiene ingresos insuficientes para cubrir lo básico. Pero en Oaxaca, esa carencia no es una excepción: es la norma. Es el paisaje cotidiano de comunidades donde el rezago educativo aumentó, no disminuyó, entre 2022 y 2024: pasó de 29.1 % a 30.5 %. Donde el acceso a la seguridad social es un privilegio para el 37.3 % restante, porque el 62.7 % simplemente no lo tiene.
Y si Oaxaca parece hundida, basta mirar a Chiapas para entender que hay niveles más profundos. En ese estado, el 66.0 % de la población vive en pobreza multidimensional. Dos de cada tres chiapanecos. Guerrero no se queda atrás: 58.1 %. Tres estados del sur que no compiten por desarrollo, sino por abandono. Por décadas de políticas públicas que llegaron tarde, mal o nunca.
La miseria en Oaxaca no es nueva. Es vieja, persistente, casi genética. Se transmite como apellido, como tierra improductiva, como casa sin drenaje. En 2024, el 16.3 % de la población vivía en pobreza extrema. Eso significa que más de uno de cada seis oaxaqueños tiene tres o más carencias sociales y un ingreso tan bajo que ni siquiera puede comprar lo que necesita para comer. Comer. No vivir bien. Comer.
Pero si eso parece brutal, Chiapas lo supera: 27.1 % de su población está en pobreza extrema. Guerrero, 21.3 %. En esos estados, la pobreza no es estadística: es paisaje, es rutina, es infancia sin escuela, es vejez sin medicina, es juventud sin futuro.
Y, sin embargo, las autoridades hablan de avances. De reducciones. De porcentajes que bajan. En Oaxaca, el acceso a servicios de salud mejoró: pasó de 65.7 % de carencia en 2022 a 43.9 % en 2024. En Guerrero también bajó: de 52.7 % a 38.9 %. Pero ¿qué significa eso en una comunidad donde el centro de salud más cercano está a tres horas en burro? ¿Dónde el médico llega una vez al mes, si llega?
La pobreza multidimensional es un concepto técnico. Pero en Oaxaca, Chiapas y Guerrero, es una experiencia total. No hay dimensión que no esté tocada por la carencia. La vivienda, por ejemplo: el 18.8 % de los oaxaqueños carece de acceso a alimentación nutritiva y de calidad. No es que coman mal. Es que no comen. O comen lo mismo todos los días. O comen lo que hay, que no es lo que se necesita.
Y mientras tanto, el país avanza. Baja California tiene 9.9 % de pobreza multidimensional. Nuevo León, 10.6 %. Oaxaca, 51.6 %. Chiapas, 66.0 %. Guerrero, 58.1 %. ¿Cómo se explica esa diferencia? ¿Cómo se justifica? ¿Cómo se tolera?
La respuesta no está en el reporte. Está en la historia. En la marginación estructural. En el abandono institucional. En la normalización de la miseria. En la resignación que se aprende desde niño. En la tristeza que no se cura con cifras.
Porque en Oaxaca, la pobreza no es un problema que se resuelve. Es una forma de estar en el mundo. Una forma de mirar el futuro sin verlo. Una forma de vivir sin esperar. Una forma de morir sin que nadie lo note.
Y eso, aunque no lo diga el INEGI, también es parte de la medición. Porque hay cosas que no se registran en encuestas. Como la desesperanza. Como la desolación. Como el silencio.
Oaxaca no necesita más diagnósticos. Chiapas tampoco. Guerrero menos. Necesitan justicia. Y eso, por ahora, no está a la vista.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx
