28 C
Oaxaca, MX
26 abril, 2026
Oaxaca MX
AgendaOpinión

Crónica de navegación menor

Casi me llamo Ismael. No tengo obsesiones ballenarias ni pecados freudianos que me lancen a perseguir cetáceos, pero sí una extraña relación con el mar. Una suerte de hipocondría costera que sólo se cura en movimiento, flotando.

No tengo barco —eso sería presuntuoso— pero sí un yatecito azul con blanco que un amigo me presta de vez en cuando. Me lo ofreció hace seis años cuando se fue de empleado al gobierno federal. No supo explicarme cómo lo obtuvo y sólo me dejó con esa frase que aún se me remece entre mareas. “Polvo de aquellos lodos…”

En ese yatecito, que no es un barco como el Pequod, sino un modelo que no sale en los catálogos ni en las películas, no les voy a decir el nombre porque son capaces de destrozar a su dueño en las redes sociales, he aprendido lo que las cartas náuticas no enseñan: que navegar no es solo desplazarse, sino apropiarse también del lenguaje. Porque cuando uno aprende a decir batimetría, recalada, portulano, ya no hay regreso. Como si al pronunciar isóbata uno adquiriera una nueva nacionalidad: la del navegante de ocasión.

He trazado derrotas por las bahías de Huatulco con mis propias manos, sin más instrumento que alguna recomendación de la Capitanía de Puerto, un dedo húmedo y las tablas de mareas de la Secretaría de Marina. Desde la carta costera de aproximación del Pacífico Sur hasta algunas ENC tipo raster que me compartieron como si fueran estampitas náuticas.

Conocí el concepto de Carta Nueva y su hermandad con la melancolía: es una carta que no reemplaza ninguna anterior, sólo aparece como si siempre hubiera estado ahí. Las hay que nunca se actualizan por más que el oleaje insista, y otras que son como viejos conocidos: ediciones reimpresas sin novedades, pero con olor a tinta marina.

Hay días en que cruzamos la línea —la que no sale en los mapas— y decimos que alcanzamos aguas internacionales, aunque seguimos oliendo a Oaxaca. Tsunamis a mí. He comido tiburones. He aprendido que las derrotas pueden ser reales, y que los navegantes que bordean estas costas vienen de otras tierras, algunos trazando rutas sin nombre en go-fast silenciosos o embarcaciones que cruzan sin sonar en radar. Sólo hablan los navegantes de estelas que cortan la superficie y desaparecen. “En cuanto se vio, no se vio nada”, me dijo uno de esos lancheros que te regalan gasolina y te comparten su pescado.

Los puntos de recalada son para relatos que a pocos he contado. Salina Cruz al amanecer, Puerto Ángel en luna creciente, Mazunte en silencio de martes. Cada uno tiene sus fondeaderos, sus peligros señalados, sus fondos variables: arenoso, rocoso, incierto. ¿Qué no?

Algunos días, tardes, noches, mi indumentaria ya no es la del periodista terrenal. Uso zapatos de goma, impermeable de caparazón náutico, mochila con cartas costeras enrolladas como manuscritos. Un encendedor Zippo resistente al viento de 1932. Llevo libros de faros, aunque no siempre hay faros. Consulto tablas de mareas como quien busca señales astrales. Me gusta la cartografía de gran escala, la de los portulanos, esa que se cuela entre canales estrechos y zonas de veda.

Y aprendí —no me pregunten cómo— que una carta vectorial no es lo mismo que una raster, aunque ambas pueden llevarme lejos, sí sé leerlas con intuición narrativa.

No diré a quiénes he visto navegando. Tampoco diré si el yatecito tiene motor fuera de borda o adentro del corazón. Es mi sueño hecho realidad. He visto fotógrafos con cámara en mano, millonarios que no saben nadar, periodistas que aprenden a oír el viento. Nadie lo admite, pero todos los que escribimos en tierra soñamos con tener una carta náutica propia.

Esto no es una bitácora, ni un ensayo técnico. Es la deriva de quien casi se llama Ismael, pero que eligió contar las aguas, sin obsesiones ni arpones. Por entregas. Las rutas están ahí, dibujadas en las cartas náuticas y por amigos navegantes. Yo sólo les pongo nombre con la crónica. Porque navegar, ya lo dijo el viejo libro, también es una forma de arreglar la circulación. Y a veces, ya de madrugada, frente a Puerto Escondido, con la luna a la espalda, hay que redactar.

++++

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

Apuntes del cuento “Puerto Ángel en luna creciente”.

Artículos relacionados

Avanza la entrega gratuita de fertilizantes para fortalecer la producción y el bienestar rural

Redacción

Gobierno de México anuncia inversiones por 41 mil 865 mdp en obras de infraestructura

Redacción

Arranca la Semana Nacional de Vacunación 2026

Redacción