2 febrero, 2026
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Oaxaca celebra la Octava del Lunes del Cerro con fuerza comunitaria, tradición y euforia colectiva

 

 

+ La Guelaguetza 2025 culmina su jornada matutina entre danzas, sones, chilenas y delegaciones que representaron la diversidad étnica del estado.

 

Sandra Luz Roldán

OAXACA DE JUÁREZ, OAX., 28 DE JULIO DE 2025. — En la cima del cerro del Fortín, el Auditorio Guelaguetza volvió a latir al ritmo de Oaxaca. La Octava del Lunes del Cerro, correspondiente a la edición matutina de la Guelaguetza 2025, cerró su ciclo matinal de presentaciones con una audiencia nutrida, mayoritariamente nacional, que ocupó las gradas desde temprano. La celebración avanzó sin contratiempos en un ambiente de seguridad y entusiasmo colectivo.

La jornada inició a las 10:00 de la mañana con la presentación de la Diosa Centéotl 2025, Patricia Cassiano Zaragoza, originaria de Huautla de Jiménez, quien ofreció un mensaje en mazateco y castellano a nombre de las 16 culturas indígenas y el pueblo afromexicano de Oaxaca. Su presencia fue respaldada por la Comisión Cultural y por el acompañamiento institucional del gobernador Salomón Jara Cruz, quien reiteró —en declaraciones previas— que “la Guelaguetza se vive en paz, con orden y armonía”.

Una fiesta organizada por la comunidad

Las Chinas Oaxaqueñas de Genoveva Medina fueron las primeras en presentarse, reafirmando su papel como delegación fundadora desde 1957. Con sus canastas floridas, su blusa de tira bordada y la banda municipal a cuestas, reafirmaron que el corazón de la fiesta está en las calles y en los barrios.

Desde la región de la Costa, la delegación de Santa María Tonameca mostró su ritual de cambio de mayordomía, acompañado de sones, chilenas y versos en décimas. El público respondió con aplausos sostenidos y con gritos de alegría cada vez que una pareja ejecutaba un paso característico de la región.

En representación de la Cuenca del Papaloapan, Santiago Jocotepec presentó la pieza “La Compañera del Chinanteco”, una danza que mostró tareas domésticas tradicionales como el lavado del nixtamal y la ropa, sin artificios ni teatralidad. Como parte de su Guelaguetza, repartieron tortillas gigantes chinantecas, capaces de conservarse hasta seis meses. La respuesta del público fue inmediata: ovación cerrada.

Desde la Mixteca, la delegación de San Miguel el Grande revivió la “Fiesta del Casamiento”, una representación de la ceremonia nupcial tradicional en esa región. Destacó el arco de carrizo como símbolo de bienvenida para el nuevo hogar. Se reconoció a sus compositores y músicos, quienes interpretaron piezas como New Canu y Yukunino, inspiradas en la mitología y en la topografía mixteca.

A continuación, Villa Hidalgo Yalálag, de la Sierra de Juárez, desfiló con su tradicional banda de aliento y mujeres ataviadas con huipiles blancos bordados y la cruz triple, símbolo prehispánico de los cuatro rumbos del tiempo. Esta comunidad mantiene viva la costumbre musical como eje central de sus fiestas patronales.

Participaciones representativas y sincronía festiva

De la región del Istmo, San Blas Atempa trajo una muestra de las velas tradicionales, con mujeres portando trajes llenos de color, bordados florales y música de viento que evocaba el carácter fuerte de sus festividades de julio. Una de sus jóvenes representantes señaló que su preparación implicó meses de ensayos y participación comunitaria.

La delegación de Juchitán de Zaragoza ofreció la tradicional “Mayordomía de San Vicente Ferrer”, con el imponente baile del palomo y el uso del caracol prehispánico. La música de banda sonó sin tregua mientras los varones bailaban en círculos, guiados por un mayordomo ficticio que encabezaba la celebración.

Desde la Sierra Sur, San Pedro Amuzgos bailó su jarabe y sus sones, con pasos ágiles y sincronía perfecta. La participación de mujeres y hombres fue constante y sólida, como reflejo de una cultura que resiste desde la indumentaria hasta la danza.

La delegación de Putla Villa de Guerrero, por su parte, presentó un cuadro dancístico multicultural que integró elementos mixtecos, amuzgos, triquis y afromexicanos. Su jarabe, reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, fue recibido con especial entusiasmo.

Reciprocidad viva y convicción cultural

En un formato ágil, sin interrupciones, la Octava matutina transcurrió entre estallidos de pirotecnia, ráfagas de papel picado, marimbas, flautas, bandas de aliento y coros comunitarios. Las delegaciones no ofrecieron espectáculos teatrales, sino extractos vivos de sus festividades. Cada entrega de Guelaguetza —pan, dulces, mezcal, café, tortillas, frutas— fue una reafirmación del pacto original: compartir desde la raíz.

Desde el palco, funcionarios estatales como Víctor Cata, secretario de Culturas y Artes, observaron con atención. Ambos han sido impulsores del modelo comunitario de selección de delegaciones, basado en criterios de autenticidad y participación regional.

El gobernador Salomón Jara, en su mensaje final, resumió el propósito de la fiesta: “Oaxaca es cultura, es sabor, es armonía. La Guelaguetza no es sólo un evento turístico, es la afirmación de nuestros pueblos”.

Cierre con música, viento y resistencia

El viento fresco del Fortín acompañó el final de la jornada. Las gradas, lejos de vaciarse, se mantuvieron firmes incluso cuando el sol comenzó a calentar con fuerza. Oaxaca no se fue: permaneció en cada visitante que aplaudió, en cada niña que bailó entre los pasillos, en cada vendedor que ofrecía bolsas de tuna como antaño.

En la Octava del Lunes del Cerro no hubo antítesis ni nostalgia. Hubo presencia, convicción y reciprocidad. La Guelaguetza 2025 concluyó su función matutina de forma puntual, con orden, y con un mensaje claro: la cultura oaxaqueña no es un adorno. Es un sistema vivo. Y late fuerte.

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