En un país donde el debate ambiental aún se mide por la velocidad del crecimiento urbano y las promesas de transición energética, un dato técnico publicado recientemente por BBVA Research contiene implicaciones profundas: México captó en 2023 más de 188 millones de toneladas de CO₂ a través de sus sumideros de carbono naturales. Y entre los estados que más aportan a este balance ecológico, Oaxaca destaca como uno de los territorios más estratégicos, gracias a su cobertura forestal, riqueza biológica y diversidad ecosistémica.
Los llamados sumideros de carbono —bosques, selvas, humedales, suelos ricos en materia orgánica— cumplen una función vital: absorben parte de los gases de efecto invernadero que México emite anualmente, en particular el dióxido de carbono. En este contexto, Oaxaca se posiciona como activo ambiental de primera línea, con regiones como la Sierra Norte, la Sierra Sur, la Mixteca y parte del Istmo, que conservan extensiones forestales vivas y funcionales.
De acuerdo con los modelos satelitales y estimaciones del estudio, Oaxaca rivaliza en capacidad de captación con entidades de amplia superficie selvática como Chiapas y Campeche, aunque enfrenta retos específicos derivados de la fragmentación territorial, la pobreza multidimensional y la presión sobre sus recursos naturales.
Mientras estados como Chihuahua y Baja California muestran índices bajos en sumideros por sus características áridas, Oaxaca —con menos recursos institucionales y presupuestales— sostiene una captura que supera el promedio nacional, pero sin respaldo suficiente en políticas de conservación y pago por servicios ambientales.
Paradójicamente, Oaxaca también forma parte de los estados con mayor presión de cambio de uso de suelo. La expansión de la frontera agrícola, el desarrollo desordenado de proyectos turísticos y la falta de regulación sobre megaproyectos logísticos están deteriorando zonas de alto valor ambiental. La región de los Valles Centrales, por ejemplo, ha visto reducciones significativas en cobertura forestal en los últimos diez años, mientras que zonas como la Selva de los Chimalapas enfrentan amenazas constantes de invasión, incendios y disputas comunitarias.
Uno de los problemas fundamentales en la política ambiental mexicana es que los sumideros no tienen rostro político ni peso institucional real. Aunque su función biológica es medible, su valor social permanece subestimado. En Oaxaca, por ejemplo, decenas de comunidades conservan sus bosques mediante sistemas de organización local, sin recibir compensación ni reconocimiento técnico. Esa omisión dificulta que los datos se conviertan en política pública.
BBVA Research recomienda que estas estimaciones se utilicen para impulsar instrumentos financieros, como mecanismos de mercado de carbono, modelos de conservación ligados al desarrollo rural, y esquemas de pago por servicios ambientales. Sin embargo, Oaxaca carece aún de una estrategia coordinada que convierta estas capacidades en desarrollo sostenible. Los esfuerzos dispersos de organizaciones civiles y cooperativas forestales necesitan anclaje gubernamental, continuidad presupuestal y vinculación internacional.
La información publicada abre una ventana estratégica: Oaxaca tiene potencial para liderar una agenda ambiental nacional, no solo por sus bosques, sino por la simbiosis cultural que muchas de sus comunidades mantienen con la tierra. El desafío no es conservar por nostalgia, sino planificar con rigor. No se trata de cuidar árboles como monumentos, sino de proteger sistemas vivos que podrían sostener el equilibrio climático del país en las próximas décadas.
Porque en la lucha contra el cambio climático, los datos no bastan. Hace falta voluntad política, visión territorial y una narrativa que transforme esos millones de toneladas captadas en una política pública que comience a respirar en serio.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
