+ Colorido, tradición y ritmo bajo las faldas de Monte Albán
Desde las 16 horas del 20 de julio, el paraje conocido como El Paragüito —en la zona de Los Mogotes, bajo el resguardo simbólico de Monte Albán— se convirtió en centro de gravedad comunitaria y cultural, arropado por la alegría popular. No hubo palcos ni boletos numerados. Hubo sillas de plástico, piso de tierra, banderillas de papel picado y una plaza improvisada que obedecía, con enjundia, a la necesidad festiva de encuentro.
La llamada fue clara y sonora desde hace varios días. Santa Cruz Xoxocotlán celebraría su propia Guelaguetza, la máxima fiesta de los oaxaqueños, con doce delegaciones invitadas que llegaron con música de banda, danzas rituales, bailes tradicionales, sabor, entusiasmo y una colección de expresiones que tejieron hermandad, colorido, cultura y solidaridad.
La presidenta municipal, Nancy Benítez Zárate, encabezó la jornada junto a su cabildo. No apeló a cifras ni indicadores turísticos. Lo hizo con emoción comunitaria y gritos de júbilo. El “¡Que viva Santa Cruz Xoxocotlán!” sonó como un recordatorio de que aquí también se vive la fiesta con dignidad y beneplácito.
El ritual del Fandango Xoxeño, interpretado por la delegación local, desdobló una boda tradicional completa, con protocolo, cortejo, recorrido y ofrenda del guajolote. No fue simulacro. Fue acto profundo de identidad, condimentado con música, ritmo y una rosa de borracho —símbolo aromático, ancestral y afectivo— que los jóvenes ofrecieron a vecinos y mirones como gesto de comunión y memoria.
Las delegaciones invitadas no compitieron. Convivieron con enjundia y respeto.
Cada una trajo su propio repertorio, con sabor y tradición:
– San Pedro Ixtlahuaca, con el baile del Vaquero Nuevo, hiló con vigor su historia local como una secuencia de fiesta, danza y devoción.
– Las Chinas Oaxaqueñas de doña Genoveva Medina provocaron alegría en masa con marmotas, canastas enfloradas y faroles, marcando el ritmo del jarabe del valle sin necesidad de explicaciones.
– San Melchor Betaza tomó el micrófono y habló del viento, la montaña y sus sones como si el paisaje caminara entre los asistentes.
– La delegación de Huatulco, con sus chilenas provocadoras, arrancó sonrisas, respuestas y carcajadas sin censura. Fue vida, sabor y canto en voz alta.
Los trajes eran declaración, no disfraz. Las voces eran legado, no decorado. El zapateado fue documento.
Cada presentación respiraba cultura, alegría, emoción y felicidad compartida.
Una de las piezas más comentadas fue la de los “guardianes de la montaña sagrada”: danza y escena tejidas con mitología prehispánica, vestuario ceremonial y narrativa espiritual. La serpiente de nubes, el jaguar olmeca, el dios murciélago, el copal y las mazorcas trazaron un mapa invisible sobre la tierra del Paragüito.
El público entendió todo. Porque ahí, la cultura se reconoce por contagio, no por explicación.
Funcionarios estatales y municipales se presentaron. Aplaudieron. No intervinieron. Las voces que tomaron el micrófono fueron ciudadanas: agradecimientos, reclamos, narraciones. Las palabras no estaban programadas. Eran legítimas.
La jornada tuvo un matiz especial. Por primera vez en su historia, Santa Cruz Xoxocotlán participará este lunes en el auditorio Guelaguetza, con la pieza del Fandango Xoxeño. La emoción se percibió. No como gesto institucional, sino como validación cultural.
Al final —entre aplausos, bailes, mezcal, versos y gritos festivos— la delegación de Tlaxiaco hizo retumbar la noche con el jarabe mixteco. La gente bailó. El suelo se sacudió con sabor. El guajolote bailó también. No en escena. En tierra. Y con él, se cerró la jornada.
Todo fue fiesta.
Y en ella, la cultura viva de un pueblo que sabe celebrar, compartir y seguir bailando.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

