Apenas había claridad y ya la gente se acomodaba. Algunos con bancos de plástico. Otros, de pie. Y otros más, simplemente ahí, con la espalda recta y los ojos fijos. El Parque Primavera se convirtió en escenario, y no por decreto, sino porque la costumbre lo reclama. A estas alturas de julio, Oaxaca entera es una coreografía en expansión.
El reportero llegó, como tantos otros. Sin prisa, pero con cierto sentido de urgencia. Porque en este lugar, si uno parpadea, se pierde la entrada del son o la vuelta de la danzante. Y eso no se perdona.
Desde una esquina del parque, la Banda Filarmónica “Reyna Xochitl” ya afinaba metales. Frente al templete, las delegaciones preparaban sus trajes como si fueran armas ceremoniales. Cada paso, cada peinado, cada movimiento, era exacto. Nada es improvisado cuando se carga una cultura entera en los hombros.
Y entonces comenzó. Empezó la Guelaguetza en la tierra, no en el auditorio. En la explanada real, la que suda y se llena de polvo. La que huele a tejate, a flor de cempasúchil y a aceite de copal. La que no necesita boletos ni sombra numerada. Ahí, delegaciones como las de San Antonino Castillo Velasco, San Juan Colorado, Putla, Cuilápam, Loma Bonita y San Melchor Betaza desfilaron como si supieran que están salvando algo más que una tradición. Con cada huipil bordado, con cada chilena, con cada jarabe, están diciendo que están vivos.
El público respondía con aplausos y celulares. Pero también con silencio. De ese que se da cuando el cuerpo entiende que está frente a algo más fuerte que él mismo. Las mujeres de San Pedro Pochutla parecían flotar. Las de San Pedro Comitancillo, con su lengua y su música, levantaban polvo. Y las voces del coro mixe de Santa María Tlahuitoltepec retumbaban.
Entre la multitud, se notaban los ojos llorosos de una señora de la Sierra Sur, el orgullo silencioso de un joven con la camisa planchada para la ocasión, el asombro total de una familia de Huautla que vino con tres generaciones al hombro. Esto no es espectáculo. Es afirmación.
Al fondo, discretos, estaban el gobernador de Oaxaca, Salomón Jara Cruz, y funcionarias y funcionarios de su gabinete. Observaban. Aplaudían. No más. No hacía falta otra cosa. El protagonismo, esta vez, no les tocaba.
La tarde cayó y la música no cedía. Alguien comentó que se sentía como un regreso. Como si la Guelaguetza, por fin, estuviera bajando del cerro para pisar donde la gente vive.
Quizás tenía razón. Porque en el Parque Primavera, por unas horas, Oaxaca fue exactamente lo que dice ser. Sin adornos. Sin filtros. Con los pies sobre la tierra y la frente en alto.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
