—Yo tuve un amigo que armaba periódicos —dijo el reportero, sin levantar mucho la voz, mirando a los alumnos como se mira a los nietos en la sobremesa, cuando uno ya ha dejado el cigarro, pero no el vicio de contar historias.
En realidad, tuvo varios. Pero con uno basta para entender la historia. Porque el que ha vivido entre fotolitos y cuchillas, sabe que todos los formadores comparten el alma. De carne y hueso, con tinta en las venas y papel periódico en la piel. Nadie los recuerda hoy, y si los nombran, es como si se hablara de dinosaurios o de una pieza de museo. Eran los que hacían lo que ahora hace una computadora, con un clic y algo de software. Pero entonces, antes de los noventa —cuando el mundo aún tenía alma de plomo y no de píxeles—, ellos eran los que daban forma al periódico.
No el reportero. No el editor de café tibio y escritorio con ventanita. No el fotógrafo que llegaba con su carrete y su ego. No el director que se creía el rey de la tinta. Eran ellos. Con sus navajas, sus reglas, su papel Kodak, su lámpara por debajo de la mesa y una precisión quirúrgica que ni el mejor cirujano.
—Ustedes no los conocieron —siguió el reportero, ya con el tono de quien abre un cajón viejo y saca recuerdos que huelen a tinta seca y noches largas.
El formador era una especie de druida moderno. Un alquimista gráfico. Con sus manos armaba los bloques de texto que los reporteros le mandaban como si fueran legajos indescifrables. Y él, con paciencia de relojero, ponía aquí un encabezado, allá una columna, aquí un anuncio. Un día se cortaba con el cúter y al siguiente se manchaba los dedos con pegamento en barra. Pero nunca dejaba una página mal alineada. Ni una foto chueca. Ni un titular sin fuerza. Porque de eso dependía que el periódico saliera impecable. Que el lector, sin saberlo, admirara una obra de artesanía que había nacido en el silencio iluminado de la sala de armado.
El reportero recordaba que su amigo —llamémoslo así, aunque en realidad era una legión— trabajaba en las tardes. Cuando el resto del mundo salía a vivir, ellos entraban al taller. Era una cueva de luz blanca, de cuchillas afiladas, de murmullos de redacción que llegaban como ecos lejanos.
La rotativa no empezaba hasta que el formador decía que estaba todo listo.
Allí, sobre una gran pantalla retroiluminada, se pegaban los textos, se dejaban huecos para las fotos que aún no salían del cuarto oscuro, se recortaban negativos, se alineaban anuncios. A veces un diseñador les dejaba el material, pero la responsabilidad era suya. Si una fecha estaba mal, si una imagen estaba volteada, si una nota entraba por donde no debía, el error era del formador. Y no lloraban. Corregían. Callados. Eficientes. Estoicos.
—No eran reconocidos —dijo el reportero, y algunos de los alumnos fruncieron el ceño como si eso no fuera justo. No lo era.
A los formadores se les trataba como mecánicos. Como chalanes de la información. Nadie les daba premios. Ningún congreso los invitaba. Pero sin ellos, ni una sola edición habría llegado a los voceadores. Sin ellos, el periódico habría sido un caos visual, una sopa tipográfica sin alma ni orden.
Y, sin embargo, eran fieles. No andaban de redacción en redacción como ciertos plumíferos sin bandera. Se quedaban. Eran parte del mobiliario humano de los diarios. Un día entraban, y si el periódico sobrevivía, allí morían. Llevaban al primo, al hermano, al cuñado. Se hacían familias enteras de formadores. Y organizaban asados, cenas, rifas navideñas, tertulias de dominó entre recortes de primera plana.
El reportero se detuvo, y uno de los muchachos le preguntó si tenía alguna anécdota.
—¿Una? —soltó una sonrisa, de esas que no se aprenden en la universidad—. Tengo un millar.
Y les contó de aquel formador que descubrió una falta de ortografía en una columna editorial del director, y se la corrigió sin avisarle. El director, al día siguiente, se sintió más brillante de lo habitual y felicitó al autor. El formador no dijo nada. Guardó el secreto como un espadachín que no presume su estocada.
O de otro que, en plena madrugada, con la rotativa rugiendo como un dragón hambriento, se dio cuenta de que una foto había salido al revés. Paró la impresión. Se jugó el puesto. Pero lo corrigió. Porque eso se hace cuando uno tiene dignidad de oficio. Cuando uno sabe que el papel que saldrá a las calles será, para muchos, la verdad del día siguiente.
—Ellos eran periodistas —dijo finalmente el reportero, mirando a los alumnos como quien pide un minuto de silencio sin levantar la voz—. Aunque nunca escribieron una línea. Aunque no firmaron ninguna portada. Eran parte del eslabón sagrado. Entre el fotógrafo, el corrector de estilo, el diseñador, el impresor. Ellos eran el puente entre la noticia y el lector.
Y entonces les pidió que no olvidaran eso. Que detrás de cada nota hay más que teclados y pantallas. Hay manos. Hay historias. Hay silencios que también cuentan.
El aula quedó en silencio. Uno de los alumnos, el que siempre dibujaba mientras el maestro hablaba, dejó de mover el lápiz. Otro, el que nunca tomaba apuntes, escribió algo en su libreta. Quizá fue solo una palabra: formador.
Pero con eso bastaba.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
