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20 abril, 2026
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Albures del periodismo y memoria entrañable

— Chiquito cabezón! ponte los zapatos de hule, que ya me reportaron una de esas tragaderas de agua por la Universidad. Las bocas de tormenta, otra vez. Quiero una nota bien armada. Vas, la observas, hablas con los vecinos y me lo cuentas como si se lo contaras a tu mamá. ¿Me oyes? Esa madre se está tragando a la gente. Llévate al viejito (Carmona, el fotógrafo) ¡Pero vuélale!
Así ordenaba. Era jefe de información, columnista, editor, director de esos que ya no hay, con olfato de calle, pluma afilada y corazón grande como la redacción misma. Pero también, hay que decirlo con todas sus letras y doble sentido, era alburero como pocos. Maestro del doble fondo, duque del doble sentido, y cuando se ponía creativo, príncipe consorte del sarcasmo con aroma a tinta fresca.
En la redacción todos lo sabían. Había que cuidar lo que se decía, porque Narciso, el jefe Chicho, como también se le conoció –porque para él mismo era Narcio DiCaprio—, estaba a la escucha. Una palabra fuera de lugar y ya tenías media hora de carrilla disfrazada de ingenio. Leerlo diario, era divertido. Pero más, compartir la jornada. Con el reportero coincidió en varias redacciones.
Lo mismo te albureaba con el clima que con el menú del día. Una vez, en la fondita de la esquina, la mesera inocente le ofreció un jugo de papaya y él, sin perder el ritmo, respondió: “No, porque me avienta”. La mesera no entendió, pero los demás soltaron la carcajada. No era grosero, era el arte del albur elevado a categoría editorial.
A la página siete le llamaba «la medallita», albur incluido, porque decía que ahí ponía el corazón, pero también los textos que no cabían en ningún lado. Esa era su manera de hacer periodismo, darle lugar a lo que nadie más quería. Y hacerlo con cariño, como quien acomoda las flores en un altar sin nombre.
Un día llegó con muletas, la gota lo tenía castigado. La señora del aseo, sin malicia, le soltó un “cojo feo”. Él se detuvo, se le quedó viendo con media sonrisa y contestó: “Yo le enseño, licenciada”. Así era. El jefe Chicho podía estar adolorido, pero no perdía la ocasión de meter el gol. Siempre con respeto, pero nunca sin picardía.
Un jardinero, muy propio, pero exageradamente alburero, y que también lo conocía desde los ochenta, lo llamó un día “chiquito-cabezón”, con la malicia entrenada de quien lleva años en los jardines de la calle. Narciso se quedó callado. Pensó, masculló, calculó… pero no le salió el regreso. Derrota épica. “No te preocupes, jefe”, dijo el otro alburero, “de aquí en adelante te diré Kentucky nomás… por chiquito-cabezón”. Se rieron. Y el apodo de amistad quedó sellado para la posteridad.
Era amigo entrañable, hombre de familia, de esos que llegan temprano a casa porque hay comida o cena con los hijos. Eso sí, los desayunos, fuera del hogar. Con políticos, empresarios, alcaldes, pastores, sacerdotes, diputados, periodistas, diáconos y muchas fuentes más.
Amaba el periodismo, como el Passport, el Etiqueta Negra y el Buchanan´s, pero más amaba a los suyos. Cuando el trabajo lo rebasaba, se refugiaba en los suyos con la misma pasión con la que cerraba la primera plana. Y cuando el COVID llegó a separarnos, como a tantos otros, lo dejamos de ver. Se fue apagando el amigo de los albures filosos y la risa fácil. Descanse en paz.
Desde entonces, la redacción no volvió a ser igual. Las llamadas ya no traían picardía, las órdenes de trabajo no tenían chiste, las visitas al taller eran silenciosas. Nadie pedía que le arrimaran el chile, ni retiraba su gallo muerto. Porque falta él. Falta su humor. Falta su oído atento y su mirada crítica. Falta su humanidad, que cabía en el mismo cuerpo que cargaba albures como quien carga titulares.
Ahora el reportero lo recuerda cada que alguien dice algo con doble sentido, y piensa: «al jefe Chicho le hubiera encantado ese chiste». Aunque de seguro, él ya venía de regreso. Luego se ríe solo, como se reían juntos en esos días de cierre y de tragos en casa de su familia, de noticias urgentes y risas discretas, de redacciones que olían a cigarros, a café, tinta y desvelos.
Y entonces se convence, que haya sido alburero, sí. Pero, sobre todo, que haya sido amigo, eso es lo que más vale. Porque al final, lo que queda es eso. El afecto de los amigos verdaderos. Y el recuerdo de un hombre que hacía del humor una forma de cariño y del periodismo, una forma de vida.
Descansa, jefe Chicho. Fuiste nota de 8 columnas.
++++
Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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