17 abril, 2026
Oaxaca MX
Opinión

Cuento de la Selva Encabritada

La jungla no olía a savia. Olía a trampa, a fruta fermentada, a reuniones sin eco.

En lo más hondo del territorio de Xocotzongo, donde las lianas sangraban rencores y los árboles susurraban nombres prohibidos, se fraguaba otro conflicto. Uno de tantos. Uno más que nadie se atrevería a explicar sin enredarse en la rencilloteca de agravios milenarios. Porque en Xocotzongo, como en los pueblos aledaños de Tetepulca, San Rencorencio y La Ciénaga de los Culpables, todos tenían razón, todos tenían memoria, y todos querían ganar.

Era una noche caliente. Las luciérnagas parecían drones. El lodo se pegaba a las patas como los rumores a la reputación. Y en esa humedad política, se celebraba una de esas asambleas que nacen sin propósito y mueren con un acta firmada por nadie, la whatsasamblea de las especies.

Presidía el evento un personaje nuevo, Don Macaco Corleto, un babuino de porte tieso, mirada desorbitada y verbo de metralla. Corleto había sido, según él mismo, inventor del indigenómetro digital, y asesor espiritual de cuatro tribus que ya no existían.

Pero Corleto no era como el viejo Chulumpio. No. Este no se enredaba en pitas. Las cortaba. Había llegado a la selva con una carpeta de acuerdos quemados, una sonrisa de falso apóstol y la convicción de que el lenguadurismo podía imponerse como ideología oficial. Su especialidad era la simulacracia estratégica, decir mucho, hacer poco, y fotografiarse siempre con una ardilla en el hombro y un jaguar de fondo.

Esa noche, la fauna reunida estaba enardecida. Las nutrias de Ocotequemado exigían acceso al río que ahora estaba custodiado por los castores paramilitares de Ranchovencido. Las cigarras, hartas del unanimidismo forzado, empezaban a corear canciones en doble sentido. Y las iguanas de la Mesa de la Lengua Bífida anunciaban un ultimatud: o se les incluía en la guelaquetocracia o cerraban el paso a los tucanes turistas.

Corleto tomó el micrófono –que en realidad era una caña hueca– y se lanzó con su verborrea conciliadora:
—Hermanos del bosque, de la hojarasca, de la caverna… no venimos a resolver, venimos a escuchar la posibilidad de la resolución. Yo traigo aquí el acta de paz con todas las firmas necesarias. Solo falta la voluntad. Y la botana.

A su lado, los mapaches de La Trifulca Vieja ya estaban abriendo su archivo portátil: la firmoteca, con más de quinientos acuerdos sin cumplir desde 1997. Lo llamaban el “Museo de las Esperanzas Condenadas”.

Pero algo cambió. El murmullo mutó en bufido. Las ranas, esa noche, no croaban. Reían. Corleto fue interrumpido por la llegada de una figura inesperada. Tigrán Macana, jaguar viejo, retirado de la vida pública, cuya única pasión actual era recordar traiciones. Traía colgando del cuello una medalla oxidada y en la garra derecha una copia del primer tratado del plantódromo original.

—Ya basta, —gruñó Tigrán, caminando entre la maleza como quien arrastra la historia—. Este mono nos miente con discurso reciclado. Su paz no es paz. Es aplazazmiento disfrazado de diálogo. Nos da palmaditas mientras vende nuestras ramas.

El silencio fue rotundo. Hasta los murciélagos dejaron de sonar. Los pericos enmudecieron. Corleto intentó responder, pero las palabras esta vez no salieron. O salieron en desorden, como lianas podridas. Balbuceó términos falsos: “interacción simbiótica de las comunidades transversales”… “tequio restaurativo con enfoque de género”… “colindancia del consenso participativo”.

Nada funcionó.

Las especies, una por una, comenzaron a retirarse. No con rabia, sino con asco. Como quien huele una fruta podrida que alguna vez prometió dulzura.

A la mañana siguiente, Corleto se despertó solo. La asamblea había terminado sin él. En su árbol, colgaban letreros nuevos:
“Se busca interlocutor válido”
“Prohibido el paso a la simulacracia”
“No más dialogoterapia sin desayuno”

Desde entonces, Corleto vaga por la selva, dando discursos a los insectos, firmando acuerdos con su sombra, convencido aún de que tiene un cargo, aunque nadie lo ha vuelto a nombrar. Cree que gobierna, que organiza, que dirige. Pero la jungla ya no lo escucha. Porque incluso la selva, con toda su mugre, ha aprendido a reconocer al farsante.

Y mientras los nuevos conflictos se incuban, y la jodiócracia sobrevive entre ramas y espinas, las especies hacen lo que saben hacer, resistir, reír, y tomar acuerdos… con pazencia, pero sin tontos.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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