No se sabe si la lengua se hizo para nombrar el mundo o para resistirlo. Pero en Oaxaca, ambas cosas suceden al mismo tiempo. Y si alguien lo dice sin adornos, con la voz cargada de siglos, es un hombre que no presume linajes, sino palabras, un hablante, un traductor de lo invisible. Víctor Cata, sin levantar la voz, le recuerda al país que mientras algunos escriben sentencias en español burocrático, otros nombran el mar como madre, al caracol como garganta y al maíz podrido como herida.
La lengua zapoteca no necesita defensores de escritorio. Se defiende sola, como una garza que limpia los dientes del lagarto en una historia que no se aprende en libros. En la última mañanera, Cata no dio un discurso. Lanzó un conjuro. Habló de serpientes que viven en hormigueros, de asambleas convocadas con trompetas de mar, de vocablos que se conjugan de a pares, día y noche no son solo opuestos, son eternidad; mano y pie no son partes, son ayuda.
Y al decir eso, rasgó algo. No en la política ni en la academia. En la costra de olvido que el país ha echado sobre sus pueblos originarios. Porque este no es un problema de inclusión —palabra cómoda para las bocas que no pronuncian bien lo ajeno—, sino de supervivencia. La lengua zapoteca, como tantas otras, no sólo describe al mundo, lo ordena, lo explica, lo canta. Lo que para algunos es folclor, para otros es lógica vital.
Pero no se equivoquen. Aquí no se trata de celebrar condescendientemente a los “sabios indígenas” una vez al año. No se trata de hacerle un espacio al “otro” en el museo del México moderno. Se trata de entender —de una buena vez— que ese otro es el origen, no el anexo. Que en Oaxaca el idioma no se usa, se honra. Se cultiva como el maíz que ha sido mordido por la luna.
Hay palabras que mueren. Otras que matan. Las de Cata hacen lo contrario, paren. Paren una visión del mundo donde no hay jerarquías entre los humanos y los elementos, donde el compadre del lagarto es una garza, y el maíz es una criatura celeste. Donde gobernar no es ocupar un cargo, sino compartir el petate y ofrecer el rostro. Y si toca pelear, se pelea, “sacar las uñas, sacar los dientes”, como dicen ellos.
Esos “ellos” que han sido México mucho antes de que existiera la palabra “México”.
Pero lo más brutal de su intervención no está en la poesía. Está en lo que insinúa, que el Estado —ese que habla en siglas y decretos— ha fracasado en traducirse a sus pueblos. Que mientras se redactan políticas públicas, el idioma madre se desvanece como una oración dicha a la intemperie. Y que cuando se extingue una lengua, no se pierde un diccionario, se pierde una forma de estar en el mundo.
Entonces Cata, sin estridencias, lanza su advertencia. No a los burócratas, sino a todos. Si no escuchamos estas lenguas, no será por ignorancia. Será por soberbia. Y eso no se perdona fácil.
Oaxaca no necesita que se le dé voz. Ya la tiene. Fuerte, antigua, sabia. Lo que necesita es que se le escuche con el respeto que se escucha a los dioses. Porque en esa lengua que dice que el amor es “dar el rostro, dar el corazón”, también se guarda la memoria de lo que este país quiso olvidar.
Y ahora que lo está recordando, no será con aplausos. Será con la certeza, aunque duela, de que el idioma del jaguar no se domestica. Se honra o se extingue. Y aquí, por fortuna, todavía ruge.
