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20 abril, 2026
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Hoy votamos la historia

Editorial

Hoy, México y Oaxaca, por supuesto, amanece en el cruce de un parteaguas. No es un día cualquiera. Es un día histórico. La elección directa de jueces, magistrados y ministras —por primera vez en la historia del país— marca un giro radical en la arquitectura institucional. Es un experimento de dimensiones inéditas. El país entero ha sido convocado a decidir el destino de su justicia, esa que siempre pareció propiedad ajena. Y aunque para muchos esta jornada encarna la esperanza de una justicia más cercana al pueblo, para otros es el principio del fin de la división de poderes.

Desde los altos cerros de la Sierra de Flores Magón hasta los caudales de la Cuenca del Papaloapan, pasando por las planicies del Istmo de Tehuantepec y los lomeríos de la Mixteca, la ciudadanía acudió hoy a las urnas. No lo hicieron solos. El gobernador, presidentes municipales, legisladores, caminaron también hasta las casillas, en un acto simbólico de legitimación del proceso. Es el ritual democrático en carne viva de la política desnudándose frente al pueblo, sin discursos, con credencial en mano y boleta en urna.

Desde que la iniciativa fue propuesta por el expresidente Andrés Manuel López Obrador en los días finales de su sexenio, la tensión no ha dejado de crecer. El Congreso la aprobó en septiembre de 2024 y, desde entonces, la oposición ha hecho del rechazo su estandarte. Se dijo que esta elección sería una herejía, que atentaba contra la sacrosanta división de poderes, que convertía a los jueces en rehenes de la popularidad o, peor aún, en cómplices de los poderes fácticos.

El Instituto Nacional Electoral, en voz de su presidenta Guadalupe Taddei, hizo un llamado a votar, preocupada por las campañas de desmovilización. La realidad no se dejó esperar: La participación, como era previsible, será baja. ¿Qué significa votar por alguien que no se conoce para un cargo que no se entiende? ¿Cuánta democracia hay en una elección sin pedagogía cívica previa?

Y, sin embargo, las imágenes son poderosas. Una mujer mixe de ochenta años doblando su boleta con las manos torpes. Un gobernador festejando la democracia. Un diputado local abrazando a su madre tras emitir su voto. Esta elección, con todo y sus contradicciones, ya dejó una estampa que se incrusta en la memoria del país, pues la justicia también se vota.

Hoy se votó más que nombres. Se votó un modelo de país. Se votó si el ciudadano tiene derecho a tocar los altares del Poder Judicial o si debe conformarse con observar desde lejos su liturgia. Se votó con miedo, con coraje, con esperanza y con desconfianza.

Los resultados, como dicta la nueva liturgia cívica, llegarán en menos de 24 horas. Pero el veredicto final no estará en las urnas, sino en los tribunales. Serán los órganos jurisdiccionales los que tengan la última palabra. Como en toda democracia que aún se está escribiendo.

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