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30 mayo, 2026
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El viejo guardián del rayo

El árbol respira. Aunque los turistas no lo noten al posar sus manos sobre la corteza como si acariciaran un animal dormido, aunque los niños correteen por sus raíces como si fuera un parque de diversiones, él respira.

Cada hoja del sabino es un aliento pausado; cada rama, un gesto milenario.

El Árbol del Tule —ese viejo ahuehuete de Santa María del Tule, Oaxaca— no solo está vivo: está despierto.

Nos observa desde hace más de dos mil años. Fue viejo antes de que nacieran Cristo, Mahoma o Buda. Fue viejo cuando Alejandro cruzaba el Helesponto.

Fue viejo incluso cuando los antiguos zapotecas aún no sabían que un día llegarían los hombres del acero con sus cruces y sus perros.

Y cada segundo lunes de octubre, se le celebra. Hay misa. Hay tamales. Hay banda. Tacos de barbacoa. Nieves. Y hay también preocupación, de esas que solo entienden los hombres modernos, con sus voltímetros y sus tablas de amperaje.

Porque los dioses ya no protegen a los árboles con truenos a voluntad; ahora es necesario ponerles pararrayos.

—Un solo impacto —dijo el ingeniero Juárez Torres mientras señalaba el dosel inmenso del ahuehuete— y se nos va el Tule.

Este hombre de ciencia, perito en instalaciones eléctricas, llegó desde la ciudad de México. Hace casi 20 años. No cobró un centavo. Eso dijo. Llegó armado con planos, fórmulas, y un raro respeto hacia lo sagrado. No lo dijo, pero lo sabía: no es un árbol cualquiera. Esto es un altar, un códice vegetal, un calendario verde que ha contado siglos sin más ayuda que la lluvia y la paciencia.

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En el año 1980, en la capital del país, un rayo partió al árbol de la Noche Triste. ¿Se acuerdan? El mismo bajo el cual lloró Hernán Cortés la derrota de sus tropas a manos mexicas.

Si la Historia tuviera sentido del espectáculo, ese rayo habría sido un castigo tardío, un relámpago de justicia poética. Pero no. Fue solo un accidente eléctrico. Así también podría caer El Tule. El riesgo es real. Hace apenas dos décadas, un rayo carbonizó un árbol a escasos 60 metros del sabino.

El ingeniero Juárez lo sabía. Por eso habló con los vecinos, con el párroco, con los encargados del comité local. Les mostró croquis, explicó métodos de descarga. Tenía dos propuestas: el sistema de Faraday, con varillas de cobre interconectadas a lo largo del árbol, o el tipo Franklin, un solitario pararrayos que opera desde las cercanías.

El reportero se angustia cuando toma notas de cosas así, porque son temas que no domina.

—Este no es un trabajo común —repetía mientras se agachaba para tocar la tierra—. Hay que medir la resistividad del terreno, calcular el calibre del conductor de bajada, seleccionar los compuestos para el relleno. El mínimo error puede causar una catástrofe.

Un abuelo, de sombrero tejido y manos curtidas, lo interrumpía.

—¿Y eso servirá, ingeniero?

—Si lo hacemos bien, sí. Servirá.

El abuelo se persignaba.

—Que así sea. Que lo protejan los cables, ya que los santos parecen haber olvidado su trabajo.

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Unos pasos más allá, la Iglesia de la Asunción lanzaba campanadas. Su sombra se reflejaba en la corteza nudosa del Tule. Frente al templo, dos turistas japoneses discutían si el árbol tiene 1,500 o 2,000 años.

El guía les decía que nadie lo sabe con certeza. Algunos lo comparan con los dioses precolombinos. Otros lo llaman “abuelo del mundo”. Lo cierto es que sus cifras asustan: 42 metros de altura, un diámetro de 14.05 metros, un volumen de 816 toneladas y un peso de más de 636 mil. Todo eso, contenido en un solo ser vegetal que sigue ahí, inmutable, como si la Historia no le importara.

—Dicen que cuando nació el Tule, ni Roma existía —comenta un joven mixe, vendedora de dulces típicos.

—Y cuando muera —responde otro, un muchacho con uniforme escolar—, tampoco quedará Roma.

No es una exageración.

Cada pliegue de su corteza guarda historias.

Dicen que fue plantado por un sacerdote de Ehécatl, dios del viento.

Otros afirman que es un símbolo de la conexión entre los hombres y los cielos.

Cuando hay tormenta, sus ramas se agitan como brazos de orante. Cuando hace sol, su sombra cubre a media plaza. Protege y amenaza. Ama y resiste.

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El ingeniero, que ha escrito tratados y diseñado sistemas eléctricos para media República, caminaba en silencio alrededor del ahuehuete.

Sus manos medían, sus ojos observaban, sus cálculos giraban en su mente. Y luego habló, bajo, como quien confiesa.

—No hay sistema infalible. Solo podemos aumentar las probabilidades.

Una noche, mientras los niños dormían y los puestos de tlayudas se apagaban, el especialista colocó el pararrayos.

Lo hizo sin ceremonia, pero con respeto.

Clavó las varillas, conectó los conductores, enterró los electrodos. El Tule no se inmutó. Está acostumbrado a que los hombres trabajen a su alrededor. Lo han usado de sombra, de altar, de postal. Lo han medido, venerado, y olvidado. Pero esa vez, quizá lo hayan protegido.

—Ya está —dijo finalmente.

Y con esa frase, el árbol queda vinculado al cielo por un delgado hilo de cobre.

Si los dioses aún vigilan desde las alturas, quizá sonrían al ver que, por fin, uno de sus viejos hermanos ha sido cubierto de nueva cuenta por los saberes de los hombres.

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A la mañana siguiente, los turistas volvieron. Se tomaron fotos. Disfrutaron las nieves. Ahora, los niños trepan a las raíces. Nada ha cambiado. Pero todo es distinto. El árbol, ahora, tiene un pararrayos. Un hilo eléctrico que lo une a la tierra y al trueno. El Tule, que ha visto pasar imperios, guerras y desastres naturales, está preparado para resistir un siglo más.

El abuelo, el de las manos curtidas, todavía pasa por la plaza. Mira el pararrayos, asiente con la cabeza y murmura:

—Buen trabajo. Pero ojalá que nunca tenga que usarse.

Y se va. Como se van todos, tarde o temprano. Todos, menos él.
El viejo sabino que ignora los otoños.
El árbol que respira.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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