26 junio, 2026
Oaxaca MX
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Viaje a las cuevas de Yagul y Mitla, donde nació el maíz

El sol de Oaxaca cae vertical como un cuchillo lento sobre las lomas de Yagul, esa tierra áspera y sagrada donde los dioses —si alguna vez los hubo— decidieron que el hambre tuviera remedio.
Me acompaña un arqueólogo jubilado del INAH, de barba blanca y mirada dura, medio calvo, con una voz que mezcla los tonos de la paciencia académica y el hastío de quien ha hablado mucho y ha sido poco escuchado.
Caminamos, junto con su hija, por una vereda serpenteante entre magueyes y matorrales, el polvo rojo se nos cuela entre los zapatos. Él dice que esta tierra, a simple vista hostil, fue en realidad la cuna silenciosa de la agricultura mesoamericana.
—Aquí —me dice, señalando una cavidad oculta entre rocas de basalto y arbustos de copalillo— el hombre dejó de ser nómada. Aquí nació el maíz.
El sitio, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO hace ya 2 décadas, no es una postal fácil. No hay ruinas espectaculares ni pirámides restauradas para la selfi. Hay, en cambio, silencio. Y una dignidad de lo originario, de lo irrepetible.
Más de 280 cuevas, dice el arqueólogo, diseminadas como si hubieran brotado con la lluvia, esparcidas en más de dos mil hectáreas que van de Mitla a Villa Díaz Ordaz, pasando por las laderas escarpadas de Yagul.
Son santuarios, no solo de piedra y sombra, sino de memoria genética. En esas oquedades, el hombre prehistórico guardó semillas. Y no cualquier semilla: frijol, chile, calabaza, y el sagrado maíz.
—Cuando Flannery excavó en los años sesenta, encontró fragmentos de mazorcas del tamaño de un dedo, semillas que habían sido domesticadas a lo largo de miles de años —dice mi acompañante con respeto casi sacerdotal.
La escena se interrumpe por una pareja de turistas alemanes que, mapa en mano, pregunta por el camino al mirador. Más adelante, un grupo de franceses escucha a su guía con atención reverencial mientras describe cómo los antiguos oaxaqueños tallaban los metates. El sitio, aunque alejado, no está solo. Llegan más extranjeros que nacionales. No por falta de difusión —aclara el arqueólogo—, sino por desinterés.
Las actividades conmemorativas han llenado la semana: observación astronómica, danzas comunitarias, recorridos con niños que corren entre biznagas como si jugaran en un campo de fútbol. El reportero estuvo cuando colocaron una placa conmemorativa en la zona arqueológica de Yagul. Un gesto, quizás modesto, pero cargado de simbolismo.
Él habla con orgullo contenido del trabajo de conservación en las comunidades. En los terrenos de Tlacolula, Mitla, Díaz Ordaz y Unión Zapata no solo hay vestigios humanos, sino huellas frescas de ocelotes, zorros grises y tejones. Cámaras trampa capturan su paso nocturno. La vida silvestre sigue ahí, como si el tiempo hubiera decidido detenerse.
Nos detenemos frente a una cueva en sombra perpetua. Hay algo en su forma que recuerda a un altar. Dentro, los arqueólogos hallaron rastros de ceniza, restos vegetales y un grano de polen atrapado entre fibras secas, el testigo microscópico de un cambio radical. El hombre ya no solo cazaba; ahora sembraba.
—¿Y qué queda de todo eso en nuestra mesa? —le pregunto, mientras tomo agua fría del termo que me obsequiaron cuando cumplí años.
—Todo. Sin ese cambio, no hay tamal, ni tortilla, ni mole. No hay México —responde sin dudar, y suena más a historiador que a científico.
Al descender por el sendero que nos lleva de vuelta a la zona de Yagul, los magueyes parecen lanzas clavadas en la tierra. Hay olor a polvo, a savia vieja, a historia no dicha. Nos cruzamos con un grupo de escolares y su maestra que les habla del maíz como “la sangre de nuestra tierra”. Algunos niños la miran distraídos, otros escriben en libretas de colores.
Nos despedimos al pie de la colina. El arqueólogo con su hija se aleja sin apuro, con el mismo paso de quien ha cruzado los siglos con una libreta en la mano. Yo lo miro perderse entre arbustos y pienso que hay lugares que no deben verse con prisa. Lugares donde todo empezó, y donde, si uno se queda quieto, puede oír todavía el eco de una mazorca brotando de la tierra.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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