La mañana es tibia y la ciudad despierta entre sombras largas y campanadas dispersas. El reportero avanza por las calles del centro histórico de Oaxaca acompañado de un urbanista que, con los planos en la mano y una mirada de arquitecto melancólico, parece recorrer un recuerdo más que una ciudad viva. Ambos observan, preguntan, tocan las paredes, hablan con vecinos. No hacen turismo. Hacen una suerte de arqueología urbana.
—Aquí vivían ocho familias —dice el urbanista, señalando una vecindad cerrada con candados oxidados—. Hoy es un Airbnb de lujo.
El centro histórico, joya arquitectónica y orgullo cultural, se ha convertido en una vitrina pulida para el visitante. Sus calles empedradas, sus fachadas coloniales, su impecable trazo virreinal, ya no albergan a quienes lo hicieron vivir durante décadas, locatarios, vecinos, inquilinos de cuartos mínimos con baños compartidos. Todo eso ha sido desplazado por galerías, cafés conceptuales, boutiques que venden mezcal como si fuera perfume.
Sin embargo, entre tanta fachada remozada, aún resisten las vecindades. Son pocas, y casi siempre ocultas detrás de portones desportillados. El reportero y el urbanista entran a una de ellas. Un niño juega con una pelota en el pasillo central; una mujer mayor riega unas macetas colgadas de un clavo; en un rincón, una pareja tiende ropa junto a un fogón de gas. Los cuartos son pequeños, las instalaciones eléctricas precarias, los techos de lámina o madera carcomida. Pero hay vida.
—Esta es una forma de habitar la ciudad que se está extinguiendo —explica el urbanista—. Y con ella se va también la memoria, el tejido social, la vida comunitaria.
En Oaxaca, las vecindades no son solo inmuebles antiguos: son cápsulas de un urbanismo humano, de cercanía y resistencia. Según cifras del INAH, aún existen al menos 180 construcciones de este tipo en el centro histórico. La mayoría está en riesgo, por abandono, por litigios, por especulación inmobiliaria.
Muchas de estas viviendas están rentadas sin contrato, al margen de la ley, esperando el desalojo. Otras han sido compradas por empresas que esperan su ruina para reconstruirlas como restaurantes o lofts de diseño. La gentrificación no es una teoría en Oaxaca, es una realidad que vacía el centro de su gente y lo convierte en un escenario sin alma.
—Tenemos que repensar la ciudad desde la gente, no desde el turismo —advierte el urbanista, mientras observa una fachada que cuelga a medias—. Estas casas pueden rehabilitarse sin expulsar a quienes las habitan. Pero para eso hace falta voluntad política y visión de futuro.
El reportero anota. Escucha. Registra. Sabe que este recorrido no será portada pero es urgente. Porque en esas vecindades deterioradas late una ciudad que aún puede salvarse. Cada muro con grietas, cada tendedero improvisado, cada pasillo lleno de voces y ruidos cotidianos, es una advertencia y una promesa.
Antes de despedirse, el urbanista señala una puerta azul, casi invisible entre tanto comercio nuevo.
—Allí vive una señora que lleva 70 años en el centro. Dice que, si se va, se muere.
El reportero guarda silencio. En el corazón de Oaxaca, las palabras más importantes no son las de los discursos, sino las que se murmuran desde el fondo de una vecindad. Porque la ciudad no se sostiene solo con piedra ni con decretos. Se sostiene con gente. Con historias. Con presencia.
Y si no se puebla, se pierde.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
