Hay ciudades que nacen con el alma trágica, y hay pueblos que, por más leyes que les impongan, no pueden dejar de ser quienes son.
Oaxaca, la Verde Antequera, es uno de ellos.
Su historia no se cuenta solo en códices zapotecas ni en los tratados de Juárez, sino también en los callejones donde resuena un clarín invisible, en los palenques de feria donde se torea sin permiso, y en las viejas voces que recuerdan a los suyos con la seriedad de quien nombra a los muertos.
Aquí, donde las leyes prohíben desde 1826 la lidia de toros a muerte, y donde Juárez –hombre de razón y gobierno, pero de alma seca para estas cosas– extendió con firmeza el veto en 1847, uno esperaría que la fiesta brava hubiera muerto sin dejar herencia. Pero no. Sería como creer que se puede prohibir la lluvia o el viento. Porque mientras haya hombres con coraje, mujeres con pañuelo blanco, y un toro con los pitones bien puestos, siempre habrá faena, aunque sea en la clandestinidad de los jaripeos o en la memoria de los viejos.
La fiesta taurina, a la manera de España, como todas las pasiones que valen la pena, aquí se vive a contracorriente. No hay plazas oficiales –o no muchas–, pero hay centenares de pueblos que cada año organizan jaripeos con la misma liturgia ancestral que se repite desde el virreinato: música, aguardiente, y un animal bravo en el centro del ruedo. Que no venga el inspector. Que no se entere el funcionario. Pero que suene el tambor y se abran los toriles.
Y si usted piensa que esto es puro folclor, se equivoca. Porque Oaxaca, a pesar de su prohibición constitucional y su perfil indígena y mestizo que parecería ajeno al toreo, ha sido cuna de una estirpe profunda, de un linaje que no se ha contado porque la historia oficial no lo considera digno de monumento. Pero ahí están, si uno quiere buscarlos, en los márgenes del archivo, en las notas olvidadas, en las crónicas que escribió con pulso firme don Jaime Silva Gutiérrez, torero y cronista, que supo que las cosas que se aman no se dejan, aunque te encarcelen por matar un toro.
Su hermano, José Silva, fue novillero en los años cuarenta. Toreó en Puebla, en Veracruz, en Tlaxcala. En la México, sí, aunque sin traje de luces. Porque hay plazas que no se conquistan con contratos, sino con sueños. Y si suena sentimental, no se confunda: en el toreo hay más verdad que en muchos congresos.
Pero los Silva no fueron los únicos. La mayor dinastía taurina de México –sí, los Espinosa, los Armillita– tiene su raíz en esta tierra. Fermín Espinosa Orozco, oaxaqueño, se fue a Saltillo y de ahí salieron Juan, Zenaido, Fermín “Armillita Chico” y más tarde los actuales Fermín, Miguel y Manuel. El tronco oaxaqueño dio flor en plazas españolas. Y eso no es cualquier cosa. Es como si dijéramos que de este monte áspero brotó una rosa para Sevilla.
La lista de toreros oaxaqueños parece sacada de una novela: El Brujo de la Muleta, Edmundo Zepeda, que fue a España, se hizo gitano y bailaor por amor. El Cuatro de Juchitán, ídolo regional que murió joven en un accidente, como deben morir los toreros que la gente no olvida. El Gitano de la Mixteca, Lorenzo Olivo del Istmo, Javier Valle, La Morena, Lino López, y tantos otros. Algunos hicieron faena en la Monumental, otros en ruedos improvisados de tierra roja y sillas de lámina, pero todos compartieron la misma hambre: poner el alma ante un toro bravo, sin esperar perdón.
El Estado, por su parte, ha intentado mantener el orden. Reformas en 1922, en 1982, en 1990, en 1998… todo para reafirmar que las corridas de toros están prohibidas. Una insistencia legal que delata un temor cultural: el de no poder borrar una pasión a golpe de decreto. Porque en Oaxaca, las leyes van por un lado y el alma popular por otro. La Constitución podrá tener 142 artículos y cien reformas, pero ninguna ley escrita puede matar lo que se celebra con música de banda y mezcal en las fiestas patronales.
La historia oficial hablará de danzantes y textiles, de Benito Juárez y de la Guelaguetza. Pero también hubo toros. Hubo tardes de gloria, hubo cuadrillas oaxaqueñas, hubo miles de almas agolpadas en plazas improvisadas, hubo mujeres con mantilla y hombres con el corazón en la mano. Que no se olvide. Que alguien lo escriba. Que alguien lo grite.
Porque el toreo, aunque esté en crisis en Madrid y sea anatema en la Ciudad de México, aquí, en esta tierra de contradicciones, sigue latiendo. Cambiado, quizás, pero vivo. Convertido en jaripeo, en encierro, en espectáculo de feria, en relato de viejos. Y eso también es cultura. De la buena. De la que no cabe en los museos, pero vive en los pueblos.
Que nadie venga a decirnos que esto es bárbaro sin haber sentido el silencio que precede a un quite, sin haber visto la embestida perfecta de un toro que no perdona. Que no vengan a explicarnos la moral los que no entienden la emoción. Porque aquí, donde Juárez es estatua y mito, todavía hay quien sueña con hacer faena. Aunque sea en el recuerdo. Aunque sea contra la ley. Porque hay pasiones que no se heredan: se sobreviven.
++++
Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx
