Misael Sánchez
En el teatro incandescente del turismo mexicano, donde cada entidad compite por un lugar bajo los reflectores del viajero, Oaxaca se abre paso no solo con su alma mestiza, sus mercados de colores, su mezcal ritual y sus danzas eternas, sino también con un músculo económico que rara vez se pondera como merece, el empleo formal en el sector turístico.
Un dato frío, pero revelador, que revela mucho más que números: 19,382 empleos registrados en marzo de 2025 ante el Instituto Mexicano del Seguro Social. Una cifra que representa el 8.22% del empleo formal total en el estado.
Pero que nadie se engañe. Esta es apenas la punta visible de un iceberg que flota en aguas movedizas. Porque si bien esas casi veinte mil plazas son la cara oficial, la verdad más profunda y menos contada es que la informalidad domina como cacique en los corredores turísticos de Oaxaca.
Se estima que más de 150 mil personas —cocineras tradicionales, meseros sin contrato, recepcionistas sin prestaciones, mucamas anónimas— sobreviven en la frontera nebulosa de lo no registrado. Personas que viven del turismo pero que no figuran en las estadísticas del Estado ni en las del IMSS. Trabajadores sin nombre en la nómina, aunque con rostro, cansancio y aspiraciones.
Así, mientras en Baja California Sur el 28.36% de sus trabajadores formales viven del turismo y en Quintana Roo el fenómeno alcanza un asombroso 44.07%, Oaxaca se mantiene lejos de esos podios.
Pero lo hace no por carencia de vocación, sino por la realidad histórica de su sistema económico, una estructura donde la formalidad parece un lujo, y no una base.
Los empresarios oaxaqueños del ramo lo saben bien. Invierten —a veces con fe ciega, otras por necesidad— en capacitar personal que, pocas semanas después, se marcha sin mirar atrás.
La movilidad laboral en hoteles y restaurantes es una danza continua, no de disfrute sino de supervivencia. Un cocinero deja su fogón por otro que ofrezca veinte pesos más por jornada; una camarera se traslada a otro hotel porque allí sí se pagan puntuales los domingos. La rotación es altísima. Y con ella, se va el conocimiento adquirido, la inversión en capacitación, el estilo propio de cada casa. Para el patrón, queda la sensación agria de haber sembrado en campo ajeno.
Esta lógica nómada no es solo consecuencia de bajos sueldos o condiciones precarias —aunque las hay— sino también de un sistema que no logra fidelizar ni garantizar progreso a quienes lo hacen girar. La movilidad laboral turística en Oaxaca no responde a una cultura de crecimiento, sino a una necesidad de subsistir. Como quien salta de piedra en piedra para no ahogarse en el río.
Por eso, los datos de empleo formal, aunque celebrables, deben leerse con matices. Porque no reflejan esa otra realidad subterránea donde late el verdadero corazón del turismo oaxaqueño: los cientos de miles que, desde el anonimato económico, sostienen la industria con jornadas dobles, con contratos verbales, con la esperanza persistente de que algún día el sistema los reconozca.
Y, sin embargo, ahí está Oaxaca. Vibrante. Con sus calles siempre repletas de viajeros que buscan autenticidad. Con su gastronomía premiada en los foros internacionales. Con sus hoteles boutique escondidos en casonas centenarias. Con su Guelaguetza encumbrada como símbolo de orgullo mestizo. Todo eso existe. Pero también existe la realidad menos fotografiada: la de quienes hacen que todo eso funcione, sin saber si tendrán empleo al día siguiente.
No basta con contar empleos. Hay que contar historias. Las de los hombres y mujeres que, entre fogones, camas tendidas y bandejas que van y vienen, sostienen uno de los pilares económicos de Oaxaca. Con o sin seguridad social. Con o sin contrato. Con o sin promesa cumplida.
